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20 ANIVERSARIO

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TALLER - TIENDA DE INSTRUMENTOS ARTESANOS PROFESIONALES

     En el pasaje de la calle Ángel de Saavedra, junto al Conservatorio, se abrió, hace cuatro años, un taller para construir y arreglar violines, violas, violonchelos y contrabajos. El maestro del taller es Stepan Kostanian, armenio afincado en Córdoba, que en 1983 vendió su primer violín y que cuenta entre sus clientes a un concertino de una orquesta internacional, a catedráticos de violín en Conservatorios españoles o de Armenia y solistas de este instrumento. Su aprendizaje estrictamente artesanal del oficio y su condición de violinista ofrecen a Córdoba un taller capaz de responder a las mayores exigencias en la demanda de instrumentos de cuerda y arco. 

El taller es pequeño, ordenado, con dos mesas de trabajo, diferentes violines alineados en las paredes, una viola recién terminada, una caja de violonchelo, maderas, herramientas comunes y especializadas y animándolo todo la presencia pausada, bondadosa de Stepan Kostanian, con barba bien cuidada y figura algo menudita. Viste tonos oscuros sobre los que destaca un mandil impoluto de lona. Durante toda la conversación, Stepan lucha con las palabras y giros castellanos, se para, piensa, consulta un diccionario, señala la palabra encontrada para que tú la pronuncies y así aprenderla. Algunas veces las ideas sólo encuentran expresión en los gestos. A lo mejor ese esfuerzo e inseguridad aumentan la impresión de timidez de su persona. Stepan es el primer violero de Córdoba porque aseguran quienes conocen bien la memoria de esta ciudad que aquí nunca ha existido un taller dedicado a construir y reparar violines, violas, violonchelos y contrabajos. 

Algunos guitarreros han construido algunos violines. El mítico Miguel Rodríguez, con su último taller de guitarras en la calle Alfaros, le construyó una viola al pintor Rafael Botí, que armonizaba su profesión de pintor con la de músico. El maestro Montero, guitarrero con taller en la Huerta de la Reina, asegura haber construido diferentes violines, pero un taller especializado nunca ha existido porque la demanda de esos instrumentos musicales nunca ha sido considerable en esta tierra. La creación de la Orquesta de Córdoba y cierto desarrollo de la sociedad ha creado esta demanda, está creando cierta demanda de estos instrumentos. Quienes conocen bien su trabajo, lo consideran especialmente capacitado para mantener un alto nivel de calidad por el perfeccionismo que impone a su oficio y por su propia formación artesanal e intelectual.

EL LARGO CAMINO HASTA CÓRDOBA

        Stepan Kostanian ha nacido en Armenia, un país de la antigua U.R.S.S. que en los dos últimos siglos ha creado un desarrollo musical envidiable. Aunque su población no supera los cuatro millones de habitantes, cuenta con dos orquestas sinfónicas nacionales, otra sinfónica de RTV de ópera y ballet, varias orquestas de cámara, veinticinco escuelas elementales de música con siete años de estudios, dos de grado medio y una de grado superior, tres o cuatro veces mayor que el Conservatorio de Córdoba. Cuenta además con la escuela de Yerevan, especializada en atender a niños dotados excepcionalmente para la música. Stepan asegura que de cada dos niños armenios, uno pretende dominar un instrumento músico. Con este ambiente musical no es raro que Armenia exporte músicos y que la Orquesta de Córdoba se haya beneficiado de esta abundancia de profesores. Stepan cursa la carrera de violín en Armenia que allí dura diecisiete años. Comienza sus estudios en Rusia, en la ciudad de Krasnodar. La curiosidad por la construcción de violines es uno de los recuerdos más antiguos de su niñez. A medida que progresa en la carrera, va creciendo el interés por el oficio de violero. Al principio asiste a un taller sólo tres o cuatro horas a la semana. La carrera de violín le absorbe la atención. A partir de los veinte años, la dedicación al taller es fundamental. En 1983, cumplidos los veintisiete años, construye su primer violín para un estudiante del Conservatorio Superior de Yerevan, la capital de Armenia. Ha sido violero y violinista de la Orquesta Nacional del Teatro, Ópera y Ballet de Armenia. En esta situación laboral realiza dos giras por diferentes países, entre ellos España, recibiendo dos ofertas de trabajo, una de Estados Unidos y otra de España. Como en Córdoba tiene varios compatriotas armenios, acepta un puesto de trabajo que le hace Manuel Gutiérrez Díaz para su empresa Melody, abierta a todo el mundo de la música. En diciembre de 1999 abre el taller de Córdoba.

 

APRENDIZ Y MAESTRO VIOLERO

  En Armenia no existe una enseñanza reglada para este oficio, sino que los aprendices han de acudir a cualquier profesional que necesite un ayudante para su taller. Los oficiales armenios enseñan a los aprendices lo más elemental, trillado y común del oficio, cepillar, lijar y pegar las maderas, desbastar la cabeza, dar los primeros golpes de gubia. Se reducen a las enseñanzas más elementales, a las que se encuentran en cualquier manual. El trabajo de los aprendices se reduce a los puramente mecánicos porque allí no trabajan las maderas preparadas, hacen todo el trabajo en el taller. Todos los pasos han de ser meramente artesanales. Esta circunstancia influirá decisivamente en la formación de Stepan. Todavía sigue la tradición medieval de que el dueño del taller mantenga el silencio más absoluto a la hora de transmitir los secretos del oficio. Más que enseñar el maestro oculta saberes y despista al alumno. De Antonio Stradivarius se dice que, a pesar de haber construido entre seiscientos y ochocientos violines a lo largo de su vida, nadie descubrió sus entresijos porque ocultó los secretos mayores del oficio y los recursos más eficaces a sus propios hijos Francisco y Omobono, profesionales de este oficio. El aprendiz de violero necesita un olfato especial para aprender lo que no le ha enseñado ni le va a enseñar nunca su propio maestro. Como otros muchos aprendices armenios Stepan tuvo la suerte de ser el único aprendiz del taller pudiendo así aprender más de lo que le habían enseñado. Sin saberlo, seguía el consejo del Ciego al lazarillo de Tormes: "Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo". Aparte de ese olfato especial, Stepan consulta la literatura escrita sobre el oficio, literatura rusa, alemana y francesa. En ese momento no tiene acceso a los tratados escritos en italiano. Los conocimientos vertidos en esta literatura son muy superiores a los que dominan los maestros armenios. El aprendizaje del oficio es continuo por parte de Stepan y el afán por la obra bien hecha le va abriendo los caminos escondidos del oficio. La construcción de cada violín le enriquece con uno o varios "secretos" nuevos. Stepan nos confía que la tapa superior de sus instrumentos de cuerda tienen 12 puntos donde se cuida el tono y la inferior, nueve. Hasta hoy mismo el maestro armenio ha construido alrededor de veinticinco violines. Dos de ellos en poder de Víctor Khachatrian, uno de ellos terminado en Córdoba, otro lo posee el concertino de la orquesta de Seúl en Corea del Sur y el más cerca­no a nosotros, pertenece a Francisco Montalvo, Catedrático de violín del Conservatorio Superior de Córdoba.


"REGENERACIÓN" DEL VIOLÍN

     Al entrar en el taller, la vista, siguiendo una vieja ley escondida, resbala sobre un violonchelo en construcción, violines deteriorados, contrabajos que ocupan casi la mitad del taller, en cambio se detiene gustosamente en la viola recién terminada, perfecta como una diosa griega. Para seguir viviendo, los instrumentos necesitan cuidado y reparación, sea cual sea su origen y destino, desde los más humildes, los que sólo suenan en las esquinas de las calles peatonales o en los títeres ambulantes, pero también los "stradivarius" y "guarnerius" acostumbrados al protagonismo del gran mundo. Éstos últimos, necesitan, a su lado, una mano casi creadora para durar siglos en plenitud de sonido que les devuelva o aumente su esplendor perdido. Para arreglar cualquier tipo de instrumento de cuerda, el taller guarda puentes de diferentes tamaños, juegos de cierrajuntas, herramientas para cerrar las grietas de la madera, diferentes tamaños de almas, "palo que se pone entre las dos tapas del violín, contrabajo, etc. para que se mantengan a igual distancia". Se dice que el violín empezó a vibrar y a vivir cuando un artesano anónimo le dotó de un alma. En los instrumentos de la gama del violín cualquier detalle resulta esencial para el sonido. Construcción y reparación de instrumentos de cuerda son dos tareas distintas, que a veces no coinciden en el mismo taller. Un buen constructor de violines no tie­ne por qué dominar las tareas de la reparación. Son trabajos distintos que necesitan herramientas diferentes. Todo el proceso de construcción del violín es meticuloso y de gran dominio técnico. Una reparación mal hecha puede arruinar el sonido del violín, al menos hasta que caiga en buenas manos. Una de las reparaciones más frecuentes es cambiar el mástil o mango. En el siglo XIX se alargaron los mástiles de los violines antiguos porque en tiempos de Amati estaban de moda los mástiles cortos y su mayor o menor longitud ha dependido de modas y gustos personales. Reparaciones habituales son afinar las tapas, cambiar la barra armónica, pegar grietas y reforzar la unión con madera. El trabajo más delicado se realiza con la tapa superior, la tapa de resonancia. Al riesgo de todos estos trabajos hay que sumar el de abrir el violín devolviéndole la vida vibrante siempre unida a la situación exacta de cada uno de sus elementos. Hasta ahora el taller dedica su trabajo, mitad por mitad, a la construcción y arreglo de violines, la primera tarea está cargada de creatividad, la segunda va tejiendo una afición musical consistente.


UN VIOLÍN DE 12.000.000 $

     Las técnicas modernas apenas han influido en los modos de construir un violín de calidad. El cuerpo del violín, la caja y el mástil se construyen casi exactamente igual y con las mismas herramientas, que hace tres siglos, Los viejos violines de Antonio Stradivarius o de Giuseppe Guarneri del Djesu siguen siendo los mejores violines de la historia. Ningún instrumento moder­no puede compararse con el sonido de aquellas maravillas. Se han perdido algunas técnicas tradicionales para la construcción de violines, probablemente las más valiosas, aunque se realicen todos los esfuerzos imaginables para recuperarlas. Un stradivarius o un guarnerius, o la espléndida colección de "stradivarius" del Palacio Real de Madrid, dos violines, la viola y los dos violonchelos  siguen siendo los mejores del mundo. Aquellos viejos violines hechos con esmero, paciencia y cierto carácter secretista, necesitan grandes violinistas para sacar de ellos todas las calidades de sonido escondidas con avaricia en sus maderas de arce y abeto. Comentaba Stepan Kostanian que el violinista Jascha Heifetz, el mejor violinista del siglo XX para el armenio, había comprado en siete millones de dólares un violín modelo de G. Guarneri del Djesü y que a la muerte del gran violinista, el guarnerius se había vendido en doce. Los guarnerius son muy buscados por los concertistas por su gran sonoridad amplia y potente. Estos grandes violines de la historia, aunque sólo sean como causa ejemplar, son los que están presentes en las manos y en la mente de los violeros más exigentes, mientras pasan sus horas interminables tallando cúpulas de violines o colocando almas en su punto exacto. Cualquier concertista, profesor de Conservatorio u Orquesta, dólares aparte, busca siempre instrumentos que emitan mejores sonidos a medida que se les exige más. Estos profesionales, de una manera silenciosa, son los que elevan el nivel de exigencia en la construcción de violines excelentes. Este es el reto actual de los buenos violeros, el de Stepan Kostanian.


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